
La venta digital de boletas para los conciertos de BTS en Ciudad de México en enero de 2026 convirtió una práctica cultural ordinaria en un conflicto público sobre acceso, transparencia y desigualdad. El proceso, mediado por el registro previo de ARMY Membership y por la infraestructura de Ticketmaster, fue cuestionado por miles de fans debido a la falta de claridad sobre precios, paquetes y comisiones, así como por la reventa especulativa. La magnitud del caso llevó a la intervención pública de Claudia Sheinbaum y a actuaciones de la Procuraduría Federal del Consumidor – PROFECO para exigir mayor transparencia en futuras ventas[1].
En ese contexto, ARMY no apareció solo como un fandom[2], sino como una comunidad transnacional organizada que produce información, articula denuncias y ejerce presión pública sobre distintos actores del mercado. Esta capacidad no surge de forma espontánea: se apoya, por un lado, en la cultura participativa de la Hallyu[3] o “la ola coreana”, sostenida en buena medida por mujeres que realizan tareas de traducción, organización, circulación de información y cuidado comunitario, y, por otro, en antecedentes mexicanos de movilización digital como el neozapatismo[4] y #YoSoy132[5], que mostraron el potencial de las redes para coordinar acción colectiva y disputar la narrativa pública.
Hallyu[6] o “la ola coreana”, fandom femenino y trabajo digital.
La capacidad de movilización de ARMY se explica por la expansión global de la Hallyu, que no solo difundió productos culturales coreanos, sino también formas de participación digital activa. En el caso de BTS, esto permitió que ARMY se consolidara como una comunidad global organizada, basada en la circulación de información, la traducción, el apoyo mutuo y la cooperación en línea[7].
En una línea cercana, Hye-Sook Wang y Danielle O. Pyun, muestran que el interés por la Hallyu y por el aprendizaje de la lengua coreana[8] está atravesado por variables de género y por formas de implicación afectiva que conectan consumo, identidad y participación. Esta observación resulta especialmente útil para interpretar el caso mexicano, donde el fandomde BTS presenta una composición marcadamente femenina. Díaz-Ardiaca, Freire-Sánchez y Vidal-Mestre exponen en su investigación “Contractualism in the ARMY fandom: a legion prepared and mobilised at BTS’s service” que México figura entre los países con mayor representación y que el 88,83 % de las personas encuestadas son mujeres; a ello se suma el ARMY Census, según el cual el 96,23 % de las personas censadas también son mujeres[9]. En ese contexto, es posible considerar que buena parte del ciberactivismo asociado a la compra de boletas es ejercitado por mujeres, no solo como consumidoras, sino como creadoras de infraestructura social digital: son ellas quienes elaboran tutoriales, explican dinámicas de preventa, alertan sobre cambios de plataforma, documentan irregularidades, comparten capturas, verifican rumores y convierten la frustración individual en una queja colectiva[10].
El caso ARMY muestra que esas prácticas feminizadas no son simples expresiones emocionales, sino capacidades ya entrenadas de gestión de comunidades digitales masivas. La literatura sobre activismo fan ha mostrado, desde hace más de una década, que los fandoms operan en la intersección entre participación cultural y participación política, y que sus repertorios de acción incluyen coordinación en red, producción de información, vigilancia colectiva e intervención pública frente a industrias y plataformas. En el caso específico del K-pop, Sun Jung ha descrito estas dinámicas como formas participativas de activismo en la red y de cybervigilancia[11], mientras que Yena Lee ha mostrado cómo, dentro del fandom digital, pueden emerger verdaderas contraesferas feministas capaces de producir contradiscurso, solidaridad y crítica organizada frente a entornos tecnoculturales hostiles[12].
Vista desde esa literatura, la reacción de las fans mexicanas ante las irregularidades en la venta de boletos no aparece como una respuesta improvisada, sino como la activación de saberes previos: traducción y circulación estratégica de información, pedagogía entre pares, monitoreo de plataformas, documentación de inconsistencias y articulación rápida de reclamos colectivos. Ese tipo de capacidades coincide, además, con lo que la bibliografía sobre ciberactivismo feminista ha identificado en otros contextos: la transformación de experiencias individuales de agravio en denuncias públicas, narrativas compartidas y acción conectiva sostenida por infraestructuras digitales. Los trabajos de Kaitlynn Mendes, Jessica Ringrose y Jessalynn Keller sobre activismo feminista digital muestran precisamente que las tecnologías en red permiten documentar el sexismo, conectar experiencias dispersas y convertirlas en intervención pública; algo similar puede observarse aquí, aunque desplazado del campo de la violencia sexual al de la desigualdad en el acceso y el consumo cultural[13].
Por eso, afirmar que ARMY actuó desde “prácticas feminizadas” no implica reducir su intervención a afectos desbordados, sino reconocer que esas prácticas (históricamente asociadas al cuidado, la mediación, la organización cotidiana y el sostenimiento de vínculos) también producen competencias políticas. En ese sentido, el caso ARMY resulta relevante para la literatura sobre ciberactivismo femenino porque muestra que comunidades mayoritariamente compuestas por mujeres pueden trasladar repertorios desarrollados en la cultura fan hacia formas efectivas de vigilancia digital, presión pública y disputa por la legitimidad de sus reclamos. Más que un episodio de indignación pasajera, lo que aparece es una infraestructura colectiva de acción digital ya entrenada por el fandom y capaz de intervenir en controversias públicas concretas. Por eso, cuando las fans mexicanas denuncian irregularidades en la venta de boletos, actúan desde una experiencia previa de coordinación colectiva y no desde una reacción improvisada.[14]
Genealogía mexicana del ciberactivismo: del neozapatismo[15] y del #YoSoy132[16].
El caso de ARMY en México puede entenderse mejor si se ubica en una tradición mexicana de acción colectiva digital. Antes de este fandom, el neozapatismo ya había mostrado cómo Internet podía servir para difundir una lucha local, construir solidaridad internacional y disputar narrativas políticas[17]. En esa línea, ARMY México no constituye un movimiento político tradicional en sentido estricto, pues no surge como una organización formal con agenda ideológica permanente, sino como una comunidad fan que, frente a una controversia específica, activa repertorios de coordinación digital, circulación de información y denuncia colectiva con efectos de incidencia pública.
Algo similar ocurrió con #YoSoy132[18], cuya fuerza no dependió solo de la visibilidad en redes abiertas, sino también de los espacios internos de coordinación digital. Esto permite entender que la eficacia de ARMY no proviene solo de la viralidad, sino de su capacidad organizativa y de construcción de comunidad. Así, el ciberactivismo de ARMY debe leerse como una acción colectiva situada: no nace únicamente de la cultura global del fandom, sino también de un contexto mexicano en el que las redes digitales han servido históricamente para denunciar, documentar y disputar espacios públicos.
ARMY México como ciberactivismo femenino: entre el derecho al consumo y la igualdad
ARMY México puede entenderse como una forma de ciberactivismo femenino porque la protesta frente a la venta de boletos no se limitó a la expresión espontánea de inconformidad. Lo que se observó fue una práctica sostenida de vigilancia, documentación, circulación de información y presión pública. Las fans recopilaron capturas, reconstruyeron secuencias de compra, compararon precios, denunciaron inconsistencias y convirtieron experiencias individuales de frustración en una queja colectiva inteligible para la opinión pública y para las autoridades.
Este encuadre importa jurídicamente. La Ley Federal de Protección al Consumidor mexicana establece como objetivo promover y proteger los derechos del consumidor, así como procurar equidad, certeza y seguridad jurídica en las relaciones entre proveedores y consumidores[19]; además, PROFECO reconoce entre los derechos básicos de las personas consumidoras el derecho a recibir información oportuna, completa, clara y veraz[20]. En esa medida, el conflicto por los boletos de BTS no se reduce a un problema de organización logística: compromete exigencias mínimas de transparencia que permiten elegir en condiciones razonablemente justas.
La dimensión de igualdad aparece con fuerza cuando se observa quiénes sostuvieron la crítica pública. La Ley Federal de Protección al Consumidor también prohíbe negar o condicionar bienes y servicios por razones de género y prohíbe prácticas discriminatorias en el acceso al consumo[21]. Aunque el caso no muestra una exclusión formal basada en género, sí permite advertir una desigualdad material: una comunidad mayoritariamente femenina enfrentó una infraestructura de acceso poco transparente y, al mismo tiempo, sus reclamos fueron con frecuencia trivializados bajo el estereotipo de la “fan exagerada”, como si se tratara de una reacción puramente emocional y no de una denuncia fundada frente a prácticas empresariales opacas. El valor del caso, entonces, radica en mostrar que el consumo cultural también es un espacio donde se juegan relaciones de poder, credibilidad y reconocimiento.
El caso ARMY es emblemático porque exhibe una doble tensión. Por una parte, hace visible que el derecho al consumo no solo protege compras ordinarias, sino también accesos mediados por plataformas digitales, membresías, algoritmos de fila virtual y estructuras de precios difíciles de verificar. Por otra, muestra que cuando quienes activan la queja pública son sobre todo mujeres jóvenes, el trabajo de organización y denuncia suele ser despolitizado o reducido a afecto irracional. Precisamente por eso conviene leer esta experiencia como ciberactivismo femenino: no porque toda acción de mujeres en redes sea automáticamente feminista, sino porque aquí la protesta se sostiene en prácticas de coordinación, cuidado, mediación y producción informacional que han sido históricamente feminizadas y, por esa misma razón, subvaloradas.
Conclusión.
El caso de ARMY México frente a la venta digital de boletas de BTS puede leerse como una forma de acción colectiva femenina situada en la intersección entre cultura fandom, infraestructura digital y derecho del consumo. Su importancia no radica solo en que miles de fans lograron visibilizar fallas en una preventa particularmente caótica. Su relevancia está en que permite mostrar, con nitidez, que el acceso a bienes culturales en la era de las plataformas está mediado por arquitecturas privadas que distribuyen información, oportunidades y desventajas de manera desigual.
En esa medida, el caso hace explícito que el derecho al consumo y la igualdad no son discusiones separadas. La exigencia de información clara, condiciones transparentes y acceso no discriminatorio adquiere una dimensión específica cuando quienes sostienen la queja pública son comunidades mayoritariamente femeninas cuyo trabajo digital ha sido históricamente minimizado. El conflicto por los boletos de BTS muestra que esas comunidades no solo consumen cultura: producen conocimiento práctico, organizan evidencia, traducen malestares dispersos en demandas públicas y abren canales de interlocución con autoridades.
Más ampliamente, el caso obliga a reconsiderar la idea de que los fandoms son políticamente irrelevantes. Al menos para muchas mujeres jóvenes, estos espacios funcionan también como lugares de aprendizaje político, liderazgo digital y construcción de capacidades colectivas. Tomar en serio a ARMY México implica, entonces, reconocer que el activismo contemporáneo no siempre adopta las formas clásicas de la movilización, pero aun así puede producir efectos jurídicos, institucionales y simbólicos relevantes.
[*] Mayra Alejandra Luna Ortiz es doctorante en la Facultad de Derecho de la Universidad de los Andes (Colombia), abogada y magíster en Derecho Informático y de las Nuevas Tecnologías. Su trabajo articula derecho, género y entornos digitales, con especial interés en la justicia algorítmica, la perspectiva de género y las transformaciones del derecho en contextos tecnológicos.
[1] El País (2026), “El ARMY pone orden: Profeco vigilará la venta de boletos para los conciertos de BTS en México”, El País, (https://elpais.com/mexico/2026-01-19/profeco-vigilara-la-venta-de-boletos-para-los-conciertos-de-bts-en-mexico.html); N+ (2026), “Fila Virtual para Preventa de Boletos de BTS en México: Link para Fans con ARMY Membership”, N+, (https://www.nmas.com.mx/entretenimiento/fila-virtual-ticketmaster-bts-boletos-mexico-2026-link-preventa-fans-army-membership/); Associated Press (2026), “Mexico’s president joins ARMY fan base in BTS concert push”, AP News, (https://apnews.com/article/bts-mexico-concerts-president-claudia-sheinbaum-1907d0dd6fd6e55dff074812ede2920a); PROFECO (2026), “Profeco inició procedimiento contra boletera y exhortó a plataformas de reventa por conciertos de BTS”, Gobierno de México, (https://www.gob.mx/profeco/prensa/profeco-inicio-procedimiento-contra-boletera-y-exhorto-a-plataformas-de-reventa-por-conciertos-de-bts).
[2] Fandom es la comunidad de fans que se articula alrededor de un artista, grupo u objeto cultural compartido, y que suele desarrollar formas propias de participación, interacción e identidad colectiva. https://dictionary.cambridge.org/dictionary/english/fandom
[3] Oh, Ingyu, Wonho Jang, and Hyun-Chin Lim. “What Is Female Universalism in Hallyu? A Theoretical and Empirical Exploration with a Focus on Japanese Fans.” Journal of Asian Sociology 52, no. 4 (2023): 299–328. (https://www.jstor.org/stable/27283023).
[4] Cleaver, Harry (1998), “The Zapatistas and the Electronic Fabric of Struggle”, en Zapatista! Reinventing Revolution in Mexico, ed. John Holloway y Eloína Peláez, Pluto Press, (https://www.schoolsforchiapas.org/wpcontent/uploads/2014/07/HarryCleaver.pdf?utm_source=chatgpt.com)
[5] Sancho, Guiomar R. (2013), “México, #YoSoy132. ¡No había nadie haciendo el movimiento más que nosotros!”, Revista CIDOB d’Afers Internacionals, p. 47–66, (https://revistes.ub.edu/index.php/ACS/article/view/6283/8026)
[6] Oh, Ingyu, Wonho Jang, and Hyun-Chin Lim. “What Is Female Universalism in Hallyu? A Theoretical and Empirical Exploration with a Focus on Japanese Fans.” Journal of Asian Sociology 52, no. 4 (2023): 299–328. (https://www.jstor.org/stable/27283023).
[7]Oh, Ingyu, Wonho Jang, and Hyun-Chin Lim. “What Is Female Universalism in Hallyu? A Theoretical and Empirical Exploration with a Focus on Japanese Fans.” Journal of Asian Sociology 52, no. 4 (2023): 299–328. (https://www.jstor.org/stable/27283023).
[8] Wang, H. S.; Pyun Danielle O. (2020), “Hallyu and Korean Language Learning: Gender and Ethnicity Factors”, The Korean Language in America, p. 30–59, (https://doi.org/10.5325/korelangamer.24.2.0030)
[9] Díaz-Ardiaca, Lara; Freire-Sánchez, Alfonso; Vidal-Mestre, Montserrat (2024), “Contractualism in the ARMY fandom: a legion prepared and mobilised at BTS’s service”, Ámbitos. Revista Internacional de Comunicación, p. 136–154, (https://revistascientificas.us.es/index.php/Ambitos/article/view/24959)
[10] Díaz-Ardiaca, Lara; Freire-Sánchez, Alfonso; Vidal-Mestre, Montserrat (2024), “Contractualism in the ARMY fandom: a legion prepared and mobilised at BTS’s service”, Ámbitos. Revista Internacional de Comunicación, p. 136–154, (https://revistascientificas.us.es/index.php/Ambitos/article/view/24959)
[11]Sun Jung, “Fan Activism, Cybervigilantism, and Othering Mechanisms in K-pop Fandom,” Transformative Works and Cultures, no. 10 (2012), (https://doi.org/10.3983/twc.2012.0300)
[12] Yena Lee, “Toward Productive Coexistence: A Relational Analysis of a Feminist Counterpublic in Twitter K-Pop Fandom,” International Journal of Communication 17 (2023): 5972–5992, (https://ijoc.org/index.php/ijoc/article/view/20439)
[13] Kaitlynn Mendes, Jessica Ringrose, and Jessalynn Keller, Digital Feminist Activism: Girls and Women Fight Back Against Rape Culture (Oxford: Oxford University Press, 2019).(https://journals.sagepub.com/doi/10.1177/1350506818765318)
[14] Oh, Ingyu, Wonho Jang, and Hyun-Chin Lim. “What Is Female Universalism in Hallyu? A Theoretical and Empirical Exploration with a Focus on Japanese Fans.” Journal of Asian Sociology 52, no. 4 (2023): 299–328. (https://www.jstor.org/stable/27283023).
[15] Cleaver, Harry (1998), “The Zapatistas and the Electronic Fabric of Struggle”, en Zapatista! Reinventing Revolution in Mexico, ed. John Holloway y Eloína Peláez, Pluto Press, (https://la.utexas.edu/users/hcleaver/zaps.html).
[16] Sancho, Guiomar R. (2013), “México, #YoSoy132. ¡No había nadie haciendo el movimiento más que nosotros!”, Revista CIDOB d’Afers Internacionals, p. 47–66, (https://revistes.ub.edu/index.php/ACS/article/view/6283/8026)
[17] Ronfeldt, David; Arquilla, John; Fuller, Graham E.; Fuller, Melissa (1998), The Zapatista “Social Netwar” in Mexico, RAND, p. 1–92, (https://www.rand.org/pubs/monograph_reports/MR994.html).
[18] Sancho, Guiomar R. (2013), “México, #YoSoy132. ¡No había nadie haciendo el movimiento más que nosotros!”, Revista CIDOB d’Afers Internacionals, p. 47–66, (https://revistes.ub.edu/index.php/ACS/article/view/6283/8026)
[19] Ley Federal de Protección al Consumidor, artículo 58. “(…) Dichos proveedores en ningún caso podrán aplicar o cobrar tarifas superiores a las autorizadas o registradas para la clientela en general, ni ofrecer o aplicar descuentos en forma parcial o discriminatoria.(…)”
[20] Derechos Básicos de las Personas Consumidoras – PROFECO (https://www.gob.mx/profeco/documentos/derechos-basicos-del-consumidor?state=published)
[21] Ley Federal de Protección al Consumidor, artículo 58. “(…) El proveedor de bienes, productos o servicios no podrá negarlos o condicionarlos al consumidor por razones de género, nacionalidad, étnicas, preferencia sexual, religiosas o cualquiera otra particularidad.(…)”