
En los últimos años, hablar de energía, de paneles solares, turbinas eólicas o de transición energética en general, se ha vuelto cada vez más común. No obstante, salvo recientes excepciones, el debate tiende a concentrarse casi exclusivamente en el potencial de las tecnologías limpias, el financiamiento climático y los aspectos más técnicos o ingenieriles del proceso. Frente a ello, y con el propósito de seguir humanizando y diversificando esta conversación, resulta clave insistir en que con frecuencia dejamos fuera otras dimensiones fundamentales que realmente dotan de sentido al cambio social que puede y debe acompañar la transición energética. Al respecto cabe preguntarse: ¿Quiénes participarán realmente en esta transición? ¿Quiénes pueden acceder a los nuevos trabajos o empleos “verdes” que puede traer este gran cambio que nos promete la prensa y la política pública? Y, ¿Qué papel juegan las desigualdades de género en ese proceso de transición energética que tiene, no sólo dimensiones tecnológicas, sino también sociales y económicas?
En este sentido, para tratar de mantener el tema de género y ambiente sobre la mesa, como lo he hecho en otras publicaciones de este blog, en este texto quiero explorar cómo el género, el trabajo y la transición energética se entrelazan. Mi argumentación gira frente a una tesis central: no basta con impulsar energías limpias en América Latina, es necesario seguir combinando este proceso con una mirada de justicia social que asegure que las mujeres puedan beneficiarse, participar, trabajar y liderar ese cambio desde una perspectiva basada en la ética del cuidado en favor de lo energético y sobre todo reclamando su derecho al trabajo en roles de liderazgo que les han sido negados en el pasado[1]. En esta ocasión quiero explicar cómo esta perspectiva consiste en visibilizar la centralidad del trabajo femenino en la transición energética y la importancia de promover más la agencia de las mujeres en los temas de energía renovable.
Antes de hablar de energía, conviene recordar que las mujeres enfrentan enormes barreras en el mercado laboral sin importar el sector[2]. Por ejemplo, problemáticas como discriminación salarial y segregación ocupacional. Comúnmente, las mujeres suelen estar sobrerrepresentadas o en general muy impactadas por el empleo informal, precario, de baja remuneración o con alta carga de cuidados. Paralelamente, las tareas domésticas y de cuidado limitan el tiempo disponible para formación o trabajo formal y en general las mujeres debemos lidiar con brechas de acceso a educación técnica y formación STEM[3]. Recordando que en estos días se conmemoró el día de la mujer y la niña en la ciencia, vale la pena destacar cómo varios estudios han alertado el que menos mujeres ingresan a carreras de ingeniería, energía, mecánica o ciencias naturales[4].
De hecho, una investigación reciente afirma que las mujeres constituyen el 38 % del personal en áreas STEM, el 54 % en ocupaciones no STEM y el 55 % en empleos no cualificados dentro de las empresas de generación de energía. Esta brecha se acentúa en el sector de las energías renovables, donde las mujeres representan solo el 36 % del personal STEM, el 39 % del no STEM y el 48 % del no cualificado. En cuanto a los roles de liderazgo y toma de decisiones, persisten amplias desigualdades de género: las mujeres ocupan únicamente el 24 % de los puestos en juntas directivas y el 22 % de los cargos de gestión en las empresas de generación de energía renovable. Además, el 68 % de las compañías encuestadas en un artículo sobre el tema carece de una política de género vigente[5].
Sumado a esto, se ha hecho evidente la falta de redes de apoyo, capital social y acceso a financiamiento para emprendimientos de energía liderados por mujeres. Estas barreras estructurales hacen que, al momento de inaugurar nuevas formas de generar ingresos, como las relacionadas con energía solar y eólica, eficiencia energética, hidrógeno verde o infraestructura de redes eléctricas limpias, las mujeres experimenten desventajas a la hora de acceder a este tipo de alternativas laborales que marcarán el futuro[6].
El mismo estudio citado previamente se basó en una muestra de 102 empresas de generación de energía renovable en seis países de América Latina y el Caribe: Bolivia, Chile, Costa Rica, Panamá, México y Uruguay. Los resultados allí revelan que las compañías con mayor participación femenina presentan también una mayor eficiencia relativa en la relación entre mano de obra y capital. Es decir, esto nos muestra una particularidad de la conveniencia de incluir mujeres en lo energético. Nosotras podemos lograr mejores resultados productivos o económicos usando proporcionalmente menos recursos (trabajo y capital) que otras empresas, especialmente cuando se compara el desempeño frente a un grupo de referencia. Asimismo, se observa un incremento en la contratación de mujeres en el sector de generación renovable. Sin desconocer que la participación femenina sigue siendo inferior al promedio en el conjunto del sector energético [7].
Ahora bien, cuando hablamos de empleabilidad y derecho al trabajo en este contexto nos referimos a la capacidad real de las personas, y en este caso particularmente de las mujeres, de acceder a trabajos decentes, formarse en competencias bien remuneradas, insertarse en cadenas productivas de energía limpia y ascender profesionalmente para allanar el camino al empoderamiento. De manera que, no basta con sacar titulares sobre “millones de empleos verdes”, gracias a la transición energética. Es fundamental cuestionarse quién los ocupará, quiénes deberían tener un acceso prioritario a ellos y en qué condiciones. Por ejemplo, según un estudio sobre Colombia, el panorama energético nos dice que quienes podrían tener mayor acceso a estas nuevas oportunidades, serían principalmente hombres blancos de clases altas con educación universitaria y posgrados[8].
Algunas facetas importantes de la empleabilidad ligada a la transición energética tienen que ver con la necesidad de ofrecer una capacitación o educación técnica renovada, pero que también considere un enfoque de género y, más importante aún, la posibilidad de reconversión laboral, sobre todo para quienes trabajan en combustibles fósiles como el carbón y el petróleo. Lo anterior, considerando que debido a las necesidades y procesos de descarbonización acordados en la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC), es claro que debemos avanzar en una transición energética justa y con ello se podrían perder trabajos en carbón y petróleo. Asimismo, no hay que perder de vista la centralidad de Políticas Públicas que en las próximas décadas pueden abordar el tema del empleo o trabajo verde con enfoque interseccional y de género. Este tipo de consideraciones tendrían el potencial de darle un nuevo alcance a uno de los derechos más importantes ante el cambio de paradigma económico que implican el cambio climático y la transición energética: el derecho al trabajo. La lucha aquí es clara: los gobiernos pueden promover incentivos (subsidios, bonos, cuotas), para que las empresas contraten más mujeres en roles técnicos o energéticos, siempre buscando que esos empleos sean dignos, con condiciones laborales justas y no meramente simbólicos.
En síntesis, esta conversación no se trata solo de trabajo, sino de quién toma las decisiones en el diseño de políticas energéticas y a favor de quiénes. La inclusión femenina en temas de energía puede ser un mecanismo para promover la ética del cuidado desde uno de los sectores con más potencial de cambio ante la transición energética. Si vendrán nuevos empleos verdes, ojalá que incluyan a mujeres y en general a toda la población. Particularmente en la planificación de infraestructura, en la gobernanza de redes eléctricas y en la definición de proyectos de impacto. Una transición energética con justicia social debe reflexionar sobre la necesidad de que las mujeres y poblaciones vulnerables formen parte de los equipos técnicos de ministerios de energía, agencias reguladoras, comités de planeación territorial y por supuesto también en las negociaciones climáticas de alto nivel. Sin esa presencia, las agendas pueden reproducir sesgos discriminatorios en la transición energética. Por ejemplo, al privilegiar proyectos grandes y costosos que favorezcan capitales privados e ignoren necesidades de comunidades rurales.
Aquí el derecho a un ambiente sano se mezcla con el derecho a la participación y al trabajo digno. Aunque no abundan los ejemplos perfectos, hay iniciativas prometedoras. Por ejemplo, en Colombia, algunas cooperativas energéticas como COOMUSTIER (Cooperativa multiactiva de servicios técnicos integrales y energías renovables), se moviliza por la reconversión laboral y podría implementar un enfoque ecofeminista o enfoque de generó a favor de lo energético y ambiental. Esto puede fortalecer su capacidad técnica y liderazgo local sin desconocer que estos proyectos enfrentan desafíos de escala y sostenibilidad. Si se impulsan iniciativas de este tipo en favor de lo energético, se demuestra que una transición energética más inclusiva no solo es necesaria, sino plenamente posible. Por lo tanto, resulta fundamental desmontar la idea, aún persistente, de que los trabajos técnicos, mecánicos, energéticos o industriales “no son para mujeres”. Estas barreras culturales deben ser reconocidas y enfrentadas mediante procesos de sensibilización, campañas estratégicas y transformaciones institucionales, ámbitos en los que el derecho puede desempeñar un papel clave como facilitador del cambio.
[*] Politóloga y Magister en Sociología de la Universidad de los Andes. Diana ha desarrollado una sólida experiencia en investigación social con enfoque en temas socioambientales. Su liderazgo en espacios de Ecofeminismo y su interés por el Derecho Internacional Ambiental demuestran su compromiso con la justicia social y la búsqueda de soluciones innovadoras para enfrentar el cambio climático y la pérdida de Biodiversidad. Actualmente, como gerente de proyectos ambientales en Movilizatorio, pone en práctica sus conocimientos para impulsar iniciativas que promuevan la sostenibilidad y en particular una transición energética justa y responsable.
[1] «No es posible una transición energética justa sin tomar en cuenta a las mujeres», Natural Resource Governance Institute, accedido 26 de septiembre de 2025, https://resourcegovernance.org/es/articles/no-es-posible-una-transicion-energetica-justa-sin-tomar-en-cuenta-las-mujeres.
[2] Ham, A., Rojas, S., Ruíz, J., Ramírez-Bustamante, N., Salas, L. y Tribín, A. (2024). ¿Hay evidencia de discriminación por género y situación parental en el mercado laboral colombiano? Digna. Trabajo y Género. Recuperado de: https://bit.ly/Digna_Informe_9
[3] “STEM” es un acrónimo en inglés que representa Science (Ciencia), Technology (Tecnología), Engineering (Ingeniería) y Mathematics (Matemáticas). Se refiere tanto a las carreras y campos de estudio que abarcan estas disciplinas como a un enfoque educativo que integra estas materias de forma interdisciplinar
[4] «Navigating STEM: Afro Caribbean Women Overcoming Barriers of Gender and Race – Beverly A. King Miller, 2017», accedido 14 de octubre de 2025, https://journals.sagepub.com/doi/full/10.1177/2158244017742689.
[5] Karla Arias et al., «Green transition and gender bias: An analysis of renewable energy generation companies in Latin America», Energy Research & Social Science 101 (julio de 2023): 103151, https://doi.org/10.1016/j.erss.2023.103151.
[6] «EL ROL FUNDAMENTAL DE LAS MUJERES EN LA TRANSICIÓN ENERGÉTICA Y SU IMPACTO EN EL LIDERAZGO GERENCIAL», s. f., accedido 15 de octubre de 2025, https://energycolombia.org/wp-content/uploads/2025/04/El-rol-fundamental-de-las-mujeres-en-la-transicion-energetica-y-su-impacto-en-el-liderazgo-gerencial-.pdf.
[7] Arias et al., «Green transition and gender bias».
[8] Oscar Becerra y Juana Piñeros, «<span>Quantifying Green Job Potential in Colombia: A Task-Based Approach</span>», SSRN Electronic Journal, advance online publication, 2024, https://doi.org/10.2139/ssrn.5046438.