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  • junio 14, 2026

Feminicidio emocional: la espectralidad de la violencia

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Anyi Catalina Carrera-Jurado [*]

Paula Rego, Untitled (Abortion Series 1998), colección privada.

 

La violencia emocional contra las mujeres ha permanecido históricamente en una zona de invisibilidad social y jurídica, pese a constituir uno de los mecanismos más eficaces de reproducción de la desigualdad de género. Muchas mujeres han experimentado sus efectos sin contar con las palabras necesarias para nombrarlos y, en un contexto marcado por discursos de autoayuda centrados en la responsabilidad individual, los han interpretado como fracasos personales o problemas propios de las relaciones afectivas. Este texto propone analizar el carácter estructural de estas violencias y su función en la reproducción del orden patriarcal. Para ello, examina la noción de violencia emocional y sus manifestaciones contemporáneas, reconstruye esta categoría como una forma de violencia cotidiana inscrita en la sociabilidad y explora la propuesta de María Elena Esparza de denominar estas violencias como “feminicidio emocional”. Finalmente, sostiene que nombrar estas violencias constituye una herramienta fundamental de resistencia feminista, pues amplía los marcos desde los cuales una sociedad puede reconocerlas y cuestionarlas, entendiendo que, como advierte Rita Segato, sin simbolización no hay reflexión y sin reflexión no hay posibilidad de transformación.

 

  1. La violencia moral como estructura

 

Leí por primera vez la expresión “feminicidio emocional” en la prensa española[1] hace algunos meses. Con datos provenientes de encuestas nacionales, la nota ponía en primer plano la violencia emocional que viven las mujeres como una experiencia masiva y estructural en América Latina. Más de la mitad de las mujeres en México[2], Colombia[3] y Perú[4] reportan haberla sufrido, mientras que en Guatemala la cifra alcanza cerca del 70 %[5]. A diferencia de la violencia física, sus huellas no siempre son visibles en el cuerpo, pero producen afectaciones profundas y duraderas sobre la salud mental, el autoconcepto, la seguridad emocional y la relación de las mujeres con su propio deseo, sus vínculos y su capacidad de poner límites.

Para la antropóloga, escritora y activista feminista Rita Segato, la violencia contra las mujeres no surge únicamente de conductas individuales, sino de una estructura simbólica patriarcal que organiza posiciones jerárquicas de poder. La “violencia moral”, como prefiere llamarla, es un mecanismo de reproducción de las estructuras del orden patriarcal. Es una práctica útil para preservar posiciones jerárquicas de poder mediante la subordinación afectiva y simbólica de las mujeres[6].  La violencia moral articula los dos ejes de la estructura patriarcal descrita por Segato. En el eje vertical produce la subordinación de las mujeres mediante prácticas de humillación, descalificación y control emocional; en el eje horizontal funciona como una demostración de adecuación al mandato de masculinidad, entendido como el conjunto de expectativas compartidas por los pares masculinos respecto del ejercicio del poder, la autoridad y el control. En este caso, la espectacularidad de la violencia física y sus espectadores no son la única forma de acceder al reconocimiento de pares masculinos porque el mandato ya está interiorizado. El hombre no necesita que otros hombres estén observando. Actúa como si existiera un tribunal permanente evaluando su desempeño, reafirmando una posición de dominio compatible con el estatus que el patriarcado le exige domesticar. Es parecido a lo que Foucault describe con el panóptico: no hace falta que el vigilante esté presente; basta con que el sujeto sepa que podría ser observado.

En la cultura patriarcal del siglo XXI[7], estas violencias ya no se expresan únicamente mediante la agresión abierta, sino a través de dinámicas emocionales silenciosas y discursos aparentemente afectivos que se camuflan bajo el lenguaje del amor, el cuidado, la protección o incluso los discursos “progresistas” de igualdad. Se trata de una “violencia lenta”, en el sentido desarrollado por Anayra Santory-Jorge[8]. A diferencia de las formas espectaculares[9] de violencia que irrumpen de manera visible en el espacio público, la violencia emocional despliega sus efectos de manera gradual, acumulativa y difusa, hasta el punto de que con frecuencia deja de ser reconocida como violencia. En las experiencias de muchas mujeres esta violencia se manifiesta en: la manipulación perceptiva, el control mediante el “bombardeo afectivo” y la intermitencia estratégica del afecto. A esto se suman el silencio castigador, el bloqueo en redes, la vigilancia digital y la invalidación psicológica a través de la patologización de las emociones, tildadas de “exageradas” o “irracionales”. Asimismo, persisten prácticas de control sutil como el paternalismo, el engaño “piadoso”, las bromas “inocentes”, la violación de la privacidad y la fiscalización de la sexualidad. También entra aquí la desvalorización cotidiana de la mujer, de su personalidad y sus trazos psicológicos, de su cuerpo, de sus capacidades intelectuales, de su trabajo, de su valor moral. La conducta opresiva es perpetrada, en general, por parejas, exparejas, padres, hermanos, médicos, profesores, jefes o colegas de trabajo[10].

 

  1. La eficiencia de la violencia a cuentagotas

 

Para Segato la violencia moral es el mecanismo más eficiente de control social y reproducción de desigualdades porque se inserta en el horizonte de escenas cotidianas de sociabilidad. Por su sutileza, su carácter difuso y su omnipresencia, su eficacia es máxima en el control de los estatus sociales subordinados. Es la forma de violencia más maquinal, rutinaria e irreflexiva y, sin embargo, constituye el método más eficiente de subordinación e intimidación, pues se trata de una violencia espectral que reinstala la lógica patriarcal en un ciclo infinito. La eficiencia de la violencia moral en la reproducción de la desigualdad de género deriva de sus características: 1) su irradiación masiva en la sociedad, que garantiza su “naturalización” como parte de comportamientos considerados “normales” y banales; 2) su arraigo en valores morales religiosos y familiares, lo que permite su justificación y; 3) la falta de nombres u otras formas de designación de la conducta, que resulta en la casi imposibilidad de señalarla y denunciarla e impide así a sus víctimas defenderse y buscar ayuda[11].

Al fundarse solapadamente en relaciones “afectuosas” y de “cuidado” se reproduce al margen de cualquier intento de liberar a las mujeres de la opresión. Es una violencia silenciosa que erosiona la autoestima, la autonomía y la posibilidad misma de reconocerse como sujetas dignas de protección, empujando a muchas mujeres hacia estados de ansiedad, depresión y extrema vulnerabilidad. Lo que G. Agamben denomina la “nuda vida”, una existencia reducida a la mera supervivencia, producida por relaciones de poder que despojan a ciertos cuerpos y los vacían lentamente de voz, agencia y capacidad de existir plenamente fuera de la lógica de subordinación patriarcal. Es una violencia a cuentagotas (expresión de mi colega PhD. Daniel Camilo Dueñas Espinosa), una forma de destrucción existencial que instaura permanentemente la lógica patriarcal.

 

  1. Nombrar: una vía hacia el postpatriarcado

 

Feminicidio Emocional es una categoría propuesta por María Elena Esparza[12] para nombrar de manera autónoma la violencia emocional/moral/psicológica. Esta denominación denuncia los efectos y riesgos graves de estas violencias. Las “muertas en vida” como lo dice Esparza son mujeres cuya subjetividad, autoestima, autonomía y deseo de vivir han sido progresivamente anulados por la violencia emocional. La autora las llama así porque, aunque continúan físicamente vivas, habitan una existencia marcada por la despersonalización, el miedo, la culpa, la desconexión emocional y la pérdida de sentido vital producida por agresiones sistemáticas y normalizadas que las pueden conducir, incluso, al suicidio.

En el panorama contemporáneo, caracterizado por la emergencia de nuevas cartografías del daño y por la proliferación de discursos presuntamente igualitarios, resulta perentorio confrontar las mutaciones de la dominación patriarcal y nombrarlas. Esto es particularmente crítico frente a aquellas sutiles formas de opresión que se camuflan e instrumentalizan mediante retóricas del afecto, el cuidado o la paz. Las transformaciones de las violencias contra las mujeres revelan una de las mayores capacidades del patriarcado: su adaptación a nuevos contextos culturales y nuevos mandatos masculinos que preservan el poder patriarcal. De ahí la apelación que algunas feministas han hecho del machiprogre[13]: aquel hombre que defiende públicamente la igualdad de género, pero reproduce en la esfera privada la violencia emocional. Esta capacidad de mimetización dificulta la identificación de estas violencias y refuerza la necesidad de nombrar sus nuevas manifestaciones.

La propuesta de pensar estas violencias como “feminicidio emocional” posee un valor político y simbólico que trasciende lo meramente semántico. Constituye una vía hacia la construcción de una sociedad postpatriarcal que exige una interpelación constante al lenguaje de los derechos humanos, cuyas categorías deben nutrirse de la fenomenología de las mujeres, de sus experiencias de sufrimiento, resistencia y supervivencia. Nombrar estas violencias significa devolver inteligibilidad a situaciones que durante mucho tiempo fueron vividas en soledad, culpa o confusión, como si se tratara de fracasos individuales y no de expresiones de una estructura de dominación. Nombrar permite reconocer el daño, articular la denuncia, agenciar la resistencia y reclamar vínculos de comunión, capaces de interpelar a los propios agentes del patriarcado para que desafíen el mandato de masculinidad y, como diría bell hooks[14], promuevan una transformación ética de la vida cotidiana incorporando verdaderas prácticas feministas, tanto en la esfera pública como en la vida privada.

 


 

[*] Abogada de la Universidad de Nariño. Magíster en Derecho Público. PhD en Derecho por la Universidad de los Andes, profesora e investigadora de la misma universidad.

[1]La columna es escrita por María Elena Esparza. Activista y feminista mexicana: ver:  https://elpais.com/opinion/2023-08-29/el-feminicidio-emocional-la-otra-crisis-que-afecta-a-las latinoamericanas.html.

[2] Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares que el Instituto Nacional de Estadística y Geografía 2022.

[3] Secretaría distrital de la mujer. Encuesta de Línea de Base de la Política Pública de Mujeres y Equidad de Género. Bogotá: SDMujer, 2021

[4] Según la Encuesta Demográfica y de Salud Familiar (Endes) 2024 en Perú, más de la mitad de las mujeres entre 15 y 49 años han sufrido violencia por parte de sus parejas o exparejas, siendo la violencia psicológica la forma más prevalente, por encima de la física y sexual

[5] Análisis Rápido de Género realizado por ONU Mujeres y Care en Guatemala en el año 2021

[6] Segato, Rita Laura, Las estructuras elementales de la violencia. Ensayos sobre género entre la antropología, el psicoanálisis y los derechos humanos (Buenos Aires: Prometeo Libros, 2003), 15–16.

[7] Esperanza Bosch-Fiol y Victoria A. Ferrer-Pérez, “Nuevo mapa de los mitos sobre la violencia de género en el siglo XXI”, Psicothema, vol. 24, n.º 4, 2012, pp. 548-554.

[8] Santory-Jorge, A. (2017). Destruir un país es un asunto de hombres. En Actas del XI Coloquio Nacional sobre las Mujeres: Feminismo, decolonialidad y otras intersecciones. Universidad de Puerto Rico, Recinto Universitario de Mayagüez

[9] En este texto se emplea la expresión violencia espectacular para referirse a formas extremas de violencia cuya función excede el daño infligido a la víctima y busca transmitir mensajes de poder a una audiencia más amplia, convirtiendo la violencia en un acto comunicativo y una pedagogía de la crueldad, en términos de Rita Segato. Por contraste, la expresión violencia espectral se utiliza para describir formas cotidianas, difusas e invisibilizadas de violencia emocional y moral que operan mediante el control afectivo, la humillación y la erosión progresiva de la autonomía de las mujeres. Aunque ambas integran un mismo continuum de dominación patriarcal, difieren en sus mecanismos, visibilidad y formas de reproducción.

[10] Segato, Rita Laura. Las estructuras elementales de la violencia: ensayos sobre género entre la antropología, el psicoanálisis y los derechos humanos. Buenos Aires: Prometeo Libros, 2003 pp 113 a 115.

[11] Ibídem.

[12] Esparza Guevara, María Elena. Feminicidio emocional, efecto y riesgo de la violencia psicológica de género. Tesis doctoral para optar al grado de Doctora en Historia del Pensamiento. Ciudad de México: Universidad Panamericana, 2025.

[13]Expresión popular utilizada para describir a hombres que sostienen públicamente discursos igualitarios mientras reproducen prácticas de dominación en la esfera privada. Ver: Volcánicas, “Machiprogres: de César Chávez al Ché Guevara”, Somos Volcanes, Temporada 2, Episodio 2, 28 de marzo de 2026, Spotify. Podcast de Revista Volcánicas.

[14] hooks, bell.  Comunión. La búsqueda femenina del amor, Paidós 2023.

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